La ley en primera persona

Se cumple otro aniversario de la sanción de la Ley 24.156, de Administración financiera y de los Sistemas de control del sector público nacional, y no podíamos dejar de conversar con un actor central de ese momento: Oscar Lamberto.  

Participó de los debates por la sanción de la ley, siendo diputado nacional a cargo de la Comisión de Presupuesto y Hacienda, conducción que ejerció hasta diciembre de 1999. 
Actualmente, ejerce la presidencia de la AGN y, aunque afirma que esta vez sí será la última función pública que tendrá, nos quedamos con el beneficio de la duda sobre el futuro de este verdadero animal político. 

¿Cómo fue el debate de la ley?
Fue bastante especial. Por lo menos para mí. Jorge Matzkin, que era el presidente de la Comisión de presupuesto de hacienda, deja ese cargo para ejercer el de presidente del Bloque Justicialista vino y me dijo “ahí tengo un regalo para vos”. 
La Ley de Administración Financiera era como un código. En general los códigos se aprueban a libro cerrado. Pero la parte más conflictiva era la creación de, lo que en ese momento se llamaba, la Contraloría General de la Nación. 

¿La ley ingresa como contraloría?
Era un cuerpo unipersonal, un Contralor y un contralor adjunto; y ponía fin al Tribunal de Cuentas. Entonces, prácticamente todo el debate se centró en el tema de la Contraloría y el lobby de los Tribunales de Cuentas para que no saliera. 

¿O sea que el resto de la ley pasaba sin problemas?
Lo demás, que es la parte importante de la Ley, se aprobó a libro cerrado. No se cambió un artículo. Para sacarla colaboró con nosotros el Dr. Alfonsín, ordenó a sus diputados que nos dieran el quórum y votaran. Incluso no votó toda la bancada radical, la mitad no estaba de acuerdo. De la sesión de Diputados sale rara, con nombre Contraloría y Auditoría. 

¿Y así llega al Senado?
Así fue al Senado, donde estuvo bastante tiempo, más de 1 año. Le cambiaron funciones, le quitaron atribuciones y le fijaron el nombre de Auditoría. Cuando volvió a Diputados, se aceptó la propuesta del Senado y se hizo un proyecto complementario que nunca se trató. 

Usted se refirió al lobby que hacían los Tribunales de Cuenta, ¿recuerda cuáles eran los argumentos que utilizaban?
Sí, había varios. Lógicamente eran principios sacrosantos. Nunca intereses materiales. Básicamente, lo que atacaban era el sistema de control. Los Tribunales de Cuenta se basaban casi siempre en el control de legalidad y preventivo y la Auditoría incorporaba el control posterior.

Ese es un debate que aun hoy existe.
No es un debate menor, se da en todo el mundo. Sustancialmente, ¿cuál es la diferencia? El control previo, siempre digo que es como la cabina de peaje. Pasaste por la cabina de peaje, tenés la ruta libre, nadie te molesta nunca más. En cambio, en el control posterior no hay peaje. Vos entras, pasas, pero un día el funcionario que termina su mandato, está festejando su función de retirado y lo llaman porque la Auditoría encontró que le quedaron estos papeles flojos. 

¿Cambian los momentos de responsabilidad?
Sí. El Tribunal de Cuentas hace mucho hincapié en la parte legal que, a veces, entorpece tremendamente la gestión pública. De la época del Tribunal de Cuentas, el grueso de los juicios de responsabilidad era a los choferes cuando chocaban un auto. 
En general, en la época moderna donde hay que tomar decisiones todos los días era un elemento que entorpecía bastante. A tal punto que Alfonsín nos dijo: a mí me impidieron gobernar. Por eso quiero que lo saquen. 

Entrevistamos a Álvaro González, presidente de la Comisión Parlamentaria Mixta Revisora de Cuentas y él nos decía que prefiere los sistemas de control concomitante…
No quiero debatir con Álvaro. Creo que ese mecanismo no existe. Puede que ahora con la informática pueda haber un control automático, que sean los algoritmos que regulen los controles. Pero, en general, los sistemas concomitantes que ha habido en el mundo, los que yo conozco, eran más bien comisariatos políticos. Quien usaba el control concomitante era la Rusia de Stalin, que medían la producción de los obreros, a qué ritmo andaban… tenía poco que ver con el control. 

¿Usted cree que el control previo entorpece la gestión?
Creo que alguna razón hay que todo el planeta adoptó el control posterior. Porque la velocidad de la gestión en el mundo moderno requiere velocidad en la toma de decisiones. Veo lugares donde hay Contralorías con control previo, donde el control previo llega a que, si el Contralor no firma, no se inicia una obra, no se hace una licitación. Genera un entorpecimiento enorme.

Que nosotros tengamos el control posterior, y es una demanda que usted señala siempre, ¿no repercute en la falta de oportunidad en el momento del control? 
El control posterior no tiene nada que ver con la falta de oportunidad. Porque si usted hace en tiempos razonables, está cerca siempre de los hechos. O sea, no tengo que esperar 20 años para hacer una auditoría. 

Pero en la práctica…
Eso no tiene que ver si es posterior o previo. Eso es una patología de funcionamiento. Yo insisto que una auditoría se tiene que hacer perfecta en nueve meses. Se puede hacer en el propio año fiscal. Usted puede decir, antes que se vote el presupuesto nuevo, hay que corregir tal cosa. 
Yo soy muy optimista de que con el Sistema Integrado de Control de Auditorías (SICA) vamos a lograr eso. Porque va a ser la propia máquina la que va a marcar los ritmos.

Usted mencionaba la conformación de la Auditoria en el proyecto original, un Contralor con un adjunto, y ahora tenemos siete. 
Esto es un debate en todo el mundo. En general, las Auditorías y los Tribunales de Cuenta son colegiados. Las Contralorías en general, son unipersonal. Pero tienen roles institucionales distintos. 
Realmente cuál es el mejor sistema, no sé. Uno escucha debilidades y fortalezas de todos los sistemas. El tema son los resultados.